5 feb. 2016

Solo los jueces juzgan

El otro día me dio por reflexionar sobre la mala costumbre que mucha gente tiene de juzgar a sus semejantes. Una afición que es muy común en ciertos círculos y en la que aquí, en España, nos llevamos todos los premios. Independientemente de lo que cada uno piense y siempre que se quede en nuestro interior, la manía de juzgar se manifiesta cuando se nos pregunta por alguien o cuando alguien nos cuenta sus problemas y nos pide opinión. Qué fácil es jugar en vez de tener un poco de empatía!

Para juzgar ya están los jueces profesionales y solamente para aquellos casos en los que se necesite esclarecer algún conflicto o impartir justicia de acuerdo con las leyes vigentes. Porque es un derecho reconocido que todos tenemos acceso a un juicio justo pero cuando se necesite. En las relaciones humanas, que es de lo que hablamos aquí, juzgar no es lo más adecuado.

Además, es que es una cuestión de dignidad, todos tenemos derecho a ser respetados y nadie debe ser juzgado o acusado por cualquiera y en todo momento... pero es tan difícil mirar al otro con objetividad y equidad, verdad?

Para poder juzgar, primero hay que tener autoridad para ello, ya sea por la profesión o porque esta nos haya sido concedida. Asimismo, hay que contar con toda la información necesaria y analizarla con objetividad, cosa que no es nada fácil, y, por último, hay que tratar de considerar las múltiples perspectivas que todo hecho o concepto tiene.

El principal problema es que casi nunca se tienen todos estos requisitos y se juzga y sentencia alegremente. Y en las relaciones humanas nunca, repito NUNCA, se tiene esa posición privilegiada para poder juzgar. Se suele caer en el juicio temerario porque no se tienen razones ni argumentos suficientes. Además, demasiadas veces hay una predisposición contra la persona a la que pretendemos juzgar, quizás por experiencias anteriores, por lo que se ha oído a otros, por algún conflicto de competencias, malentendidos, etc.

Pero ¿qué pasa cuando se nos invita a manifestarnos sobre algo o alguien?, pues en ese caso sí tenemos que implicarnos pero con matices. Si se nos pide opinión, parece lógico que podamos pronunciarnos, pero no juzgar, solo aconsejar. Para ello hay que tener la mayor informacion posible, contrastada y objetiva, la subjetividad ya vendrá cuando hagamos las valoraciones personales.

Así que, cuando nos pregunten o nos pidan opinión hay que ser humildes y no juzgar, tampoco quitar importancia a las cosas o relativizar (el típico "no te preocupes") sino tratar de ser objetivos y dar a las cosas la importancia que tienen, sin distorsionar. Hay que tener claro que se trata de una relación de igualdad, de respeto y, sobre todo, un ejercicio de comprensión y de ponerse en el lugar del otro y eso se hace a través de la empatía.

Pero con eso no basta, hay que ponerse en el lugar del otro pero no con nuestra forma de pensar, porque poco conseguiríamos así, sino tratar de pensar en la situación y de sentir lo que el otro sentiría. En estos casos es de ayuda tratar de recordar alguna situación similar en la que nos hayamos visto implicados y recordar lo que sentíamos en ese momento.

Es algo de lo que ya hemos hablado aquí, entre otros con Daniel Goleman cuando definió su concepto de inteligencia emocional o de lo que hablaba Howard Gardner sobre la inteligencia interpersonal.

Una vez que sentimos empatía sería más fácil aconsejar, no juzgar,  pero con otra premisa de por medio. Que una cosa es aconsejar y otra pensar que nuestro consejo es bueno y de obligado cumplimiento. Una vez que hemos aconsejado no hemos cumplido, a veces, muchas, lo que se demanda no es ni aconsejar ni por supuesto juzgar sino simplemente ser escuchado y, si acaso, aportar algún criterio nuevo o información concreta que ayude a desatascar el entuerto.

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