19 sept. 2018

El mundo visto a los ochenta años

Uno de los libros que he leído este verano ha sido El mundo visto a los 80 años, de Santiago Ramón y Cajal. Tiene como subtítulo "Impresiones de un arterioesclerótico". Tenía ganas de leerlo hace tiempo pero mi impresión ha sido menos positiva de lo que esperaba. Es una obra demasiado heterogénea en la que Ramón y Cajal reflexiona sobre temas muy diversos que van desde una, sin duda, muy interesante aplicación de sus conocimientos científicos y médicos hasta opiniones muy personales sobre política, historia, filosofía, costumbres sociales, literatura, arte, etc.

Comienza la introducción del libro de la mano de Gracián cuando asegura que: "Hemos llegado sin sentir a los helados dominios de Vejecia, a ese invierno de la vida sin retorno vernal, con sus honores y horrores". A continuación divide sus reflexiones en cuatro capítulos: Las tribulaciones del anciano; Los cambios del ambiente físico y moral; Las teorías de la senectud y de la muerte; y Los paliativos y consuelos de la vejez.

Como he comentado, en demasiadas ocasiones se adentra en temas muy diversos que hacen que su lectura permita obtener una rica imagen de la actualidad de su tiempo, los años 30 del siglo pasado, pero que aportan poco a lo que parecería y debería ser el objeto de libro, es decir, una auténtica reflexión sobre la vejez desde la rica experiencia de una persona tan culta e inteligente.

Como él reconoce al principio, la índole del libro le obliga a hablar muchas veces de sí mismo, poniéndose como ejemplo de las desventuras y tribulaciones de un anciano, pero aunque también asegura que ha procurado despersonalizar en lo posible la mayoría de los relatos, en mi opinión no lo consigue.

Son muy interesantes, y actuales, sus comentarios respecto a los problemas que se suelen dar con la edad. Habla de los desfallecimientos fisiológicos y psíquicos, de las decadencias sensoriales, por ejemplo en la vista, muy bien explicadas por su tremendo conocimiento del tema, de la pérdida de audición y de otras limitaciones orgánicas como la debilidad muscular o la arteriosclerosis.

Sobre lo anterior, me gustaría incluir aquí un párrafo genial: "Ni deben preocuparnos las arrugas del rostro sino las del cerebro. Tales arrugas metafóricas, precoces en el ignorante, tardan en presentarse en el viejo activo acuciado por la curiosidad y el ansia de renovación. En suma; se es verdaderamente anciano, psicológica y físicamente, cuando se pierde la curiosidad intelectual, y cuando, con la torpeza de las piernas, coincide la torpeza y premiosidad de la palabra y del pensamiento".

En los capítulos segundo y tercero es donde se extiende reflexionando sobre los cambios del ambiente físico y moral y sobre las teorías de la senectud. Sobre lo primero, quedan claras algunas ideas conservadoras en cuanto a los cambios en el lenguaje y las costumbres, el feminismo, la juventud, la degeneración de las artes, etc. En el tercer capítulo recoge diversas teorías sobre la senectud que creo que no aportan mucho al objetivo del libro.

Interesante es su insistencia en la importancia de la memoria y las traiciones de la memoria senil. Según él, la memoria es el don más preciado y maravilloso de la vida y: "debemos tener presente viejos o jóvenes que la memoria se adhiere y fija mediante tres mordientes diversamente repartidos pero jamás ausentes en los cerebros relativamente sanos de los provectos: el interés, la emoción y la atención obstinada". Concluye, citando William James, que cuanto más tiempo haya permanecido un hecho en el campo de la conciencia mejor se lo recuerda.

Quizás lo más interesante, junto con el capítulo primero, es el capítulo cuarto en el que habla de los paliativos y consuelos. Además de recomendar la templanza, "tómese las cosas por su lado bueno", citando a Descartes, recomienda un régimen dietético (en el que curiosamente pone como ejemplo a Montaigne sobre su odio a la cerveza): "Tengamos presente que cerebro y estómago son dos competidores egoístas; cada cual solicita para sí el máximo de irrigación sanguínea, sin miramientos hacia el derecho de los demás. Con todo, en esta pugna nutritiva, el más soberbio déspota suele ser el cerebro, verdadero autócrata de la colmena viviente".

Por lo anterior, recomienda una profilaxis moral evitando las "tabarras" porque no interesan, fatigan y son contagiosas, animando a escribir mientras se pueda y a no meterse en política. Además, aconseja excursiones por la naturaleza y la vida campestre y retirada.

Cree que la lectura está bien para los ancianos pero no todos los libros son recomendables, nada que produzca melancolía y sí los clásicos, terminando con esta curiosa reflexión: "En mi calidad de caduco no me agradan ya las sabías y fúnebres prédicas del cordobés Séneca, antaño leídas con morosa delectación. Es preciso que el decrépito no recuerde demasiado que le espera impaciente la barca de Aqueronte. Por igual motivo, no gustó hoy de Epicuro y de Lucrecio, su elocuente profeta".

En definitiva, lectura muy agradable, sobre todo para los mayores, pero que deja la sensación de que se podría haber obtenido más de una persona tan extraordinaria.

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