24 jul. 2019

El envejecimiento y cómo afrontar la muerte

Cuando en un post anterior hablé del libro de Victoria Camps, La búsqueda de la felicidad (Ver post), anuncié que colgaría un post monográfico sobre varios capítulos finales del libro dedicados al envejecimiento, englobados bajo el título "Somos los que vamos a morir". En ellos Camps desarrolla su visión de los últimos años de nuestra vida y cómo afrontar la muerte.

Quién no se ha preguntado más de una vez, sobre todo cuando se van cumpliendo años, cuestiones del estilo de las que comenta Camps en el libro: ¿Tiene sentido nacer para acabar muriendo?, ¿Estar aquí solo de paso?, ¿Qué significa ser libre ante la inevitabilidad de la muerte? Y quién no ha tenido una sensación de rebeldía al pensar en la finitud de la vida. Dar una respuesta satisfactoria a la esperanza de una vida eterna ha sido el núcleo vertebrador de las religiones monoteístas y de muchas teorías filosóficas que se comentan en este libro.

Este tipo de preguntas y respuestas no añaden nada a la búsqueda de la felicidad, así lo advierte Camps: "sería absurdo y engañoso pensarla desde una perspectiva de transhumanidad o de eternidad que no tiene que ver con lo que somos". Por eso, dice, "no habría que confundir el anhelo de trascendencia que la especie humana tiene, a pesar de su contingencia e infinitud, con el de una vida eterna".

Siguiendo con su idea desarrollada durante todo el libro de la búsqueda de la felicidad, constitutiva de la existencia humana, lo que considera Camps que debiera ser el broche que cierre una vida lograda es la tranquilidad con uno mismo, es decir, teniendo la sensación de la tarea cumplida. Tratar de encontrar cómo llegar a esa sensación permitirá pensar que se ha sido feliz, todo lo feliz que se puede ser en este mundo y teniendo la satisfacción de haber vivido una vida plena.

Comenta Camps que puede haber una visión cercana a la frase que Montaigne copió de Cicerón: "Filosofar es aprender a morir". Filosofar es darse cuenta de que morirse no es un mal sino una necesidad inevitable y que vivir, al estilo de los estoicos, en armonía con uno mismo es aceptar ese fin. Por eso, según esta visión, aceptar la muerte, y el envejecimiento, como un acontecimiento y no luchar contra ello debería permitir reflexionar y sacar partido a la última etapa de la vida. Sin duda, hay un tono de resignación ante lo que no puede ser de otra manera. Incluso Schopenhauer escribe en El arte de envejecer que la vida puede ser una lección que dé buenos resultados por lo que hay que afrontar la muerte "como un acontecimiento deseado y agradable, en lugar de con titubeos y miedos".

Sin embargo, otra perspectiva, en la que Camps pone a Norberto Bobbio como referente, defiende una réplica contundente con un punto de rebeldía sosteniendo la idea de que: "la sabiduría para un viejo consiste en aceptar resignadamente los propios límites. Pero, para aceptarlos, hay que conocerlos. Para conocerlos, hay que buscar alguna razón que los justifique. No he llegado a ser un sabio. Los límites los conozco bien, pero no los acepto. Los admito únicamente porque no tengo más remedio".

Entre estas teorías, y otras que se incluyen en el libro pero en las que no me voy a extender, Victoria Camps defiende que aprender a morir es una tarea personal y lo menos subjetivo que nos ocurre. En esa tarea "el entorno, la compañía, el amor de los seres cercanos, proporcionan una ayuda inestimable". Dicho esto, Camps defiende un envejecimiento activo poniendo como referencia una de las frases más conocidas y poco comprendidas de Spinoza: "un hombre libre en nada piensa menos que en la muerte, y su sabiduría no es una meditación de la muerte, sino de la vida".

Lo adorna con esta cita del libro El as en la manga de Rita Levi-Montalcini: "no debemos vivir la vejez recordando un tiempo pasado, sino haciendo planes para el tiempo que nos queda, tanto si es un día, mes o unos cuantos años, con la esperanza de realizar unos proyectos que no pudieron acometerse en los años de juventud".

Para ello es preciso haber hecho un importante acopio de recursos que faciliten abordar esos proyectos, por ejemplo con la lectura, la educación o la cultura en general. Según apunta Camps, suele decirse que las mujeres envejecen mejor que los hombres, con menos melancolía y con más expectativas. Incluso en las jubilaciones, los hombres se desmoronan mucho más que las mujeres al encontrarse con demasiado tiempo por delante sin saber cómo llenarlo.

En definitiva, lo que constituye una buena conclusión de todo el libro, Camps hace mucho énfasis en lo importante que es la libertad en la búsqueda de la felicidad. Asimismo, tanto la satisfacción de los deseos (ya se ha dicho, la esencia del ser humano) como el control de los mismos y la comprensión de que es no satisfacerlos también presuponen la libertad. Es decir, ser libre "no es sólo contar con las condiciones externas, materiales, para poder elegir, sino asumir la responsabilidad de la vida elegida". Esa elección debe incluir también la muerte, un aprendizaje, como decía Cicerón, que es especialmente importante en la última etapa de la vida, el envejecimiento, la más dolorosa, la más temida, incluso más que la muerte.

Termina estos capítulos dedicados al envejecimiento con este párrafo: "Entiendo que lo que priva de sentido la vida humana no es la finitud de la existencia individual, que seamos seres para la muerte; lo que priva de sentido a nuestras vidas es que hayamos sido incapaces de construir un mundo en el que se reflejen, siquiera, imperfectamente, los grandes valores éticos. Que no hayamos sabido vivir conforme al criterio que don Quijote quiso que lo recordaran: Que si no acabó grandes cosas, murió por acometellas".

Muy grande Victoria Camps, gracias!!!

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