27 jul. 2019

Elogio de la imperfección

Con una cita de Un mundo feliz ("El secreto de la felicidad y de la virtud es que te guste lo que debes hacer"), de Aldous Huxley, inicia Victoria Camps el último capítulo de su libro En busca de la felicidad del que hablé aquí en dos post anteriores (Ver post 1  y post 2). Creo que merece la pena dedicar una tercera entrega a este interesantísimo capítulo de conclusiones que titula "Elogio de la imperfección".

La referencia a Un mundo feliz sirve a Camps para introducir un escenario en el que sería posible conseguir la felicidad, para todos, mediante métodos nada naturales a la condición humana. Como es bien sabido, en ese "mundo feliz" los seres humanos de diseño, con la ayuda de una droga conocida como "Soma", no se cuestionan su inevitable destino porque la vida que les ha tocado en suerte es así. A pesar de existir categorías sociales superiores o inferiores, nadie se plantea que su vida podría ser de otra manera porque, como dice la cita, les gusta lo que deben hacer porque han sido hechos para ser así. ¿Es eso felicidad?

Según Victoria Camps, en la sociedad actual podrían estar planteándose soluciones parecidas para luchar contra las bajadas anímicas y erradicar el dolor emocional. Con esa posible "medicina de la felicidad", como la denomina el psiquiatra Luis Rojas Marcos (Prozak, Viagra,...), o mediante una reprogramación genética se pretendería conseguir que no haya nadie infeliz.

Frente a ello, Camps defiende el uso de la razón y del lenguaje para desarrollar todas nuestras potencialidades pero, al mismo tiempo, "tomar conciencia de los límites que su finitud le impone". Porque caer en la tentación de ir más allá de nuestros límites supondría tratar de conseguir un individuo perfecto, sin defectos ni discapacidades. Supondría olvidar la moderación en nuestras expectativas y pensar que la perfección está al alcance, algo incompatible con el deseo de mejorar lo que ya tenemos.

Lo anterior es compatible con alimentar ideales que sirvan de guía orientativa pero nunca como metas obligadas y definitivas, se trata, según Camps, de intentar vivir lo mejor posible y amar la vida: "No somos dioses y es vano intentar serlo". Así, la búsqueda de la felicidad bien entendida no debería tener nada que ver con una vida perfecta, sin fracasos ni malestar emocional, sino que es un proceso, no un estado permanente de plenitud. Ya lo dijo Aristóteles, hacerse cargo de la propia condición y de sus límites fue visto como un criterio de sabiduría práctica.

Termino esta serie de tres post con este párrafo que me parece antológico y resume todo lo dicho en el libro:

"Todo lo dicho en las páginas de este libro se resume en una idea: la búsqueda de la felicidad consiste en la difícil conjunción, en el equilibro adecuado, entre deseos y libertad. La esencia del ser humano es el deseo; la forma de satisfacer- lo es lo que nos hará más o menos humanos. Y, en la medida en que consigamos intensificar la humanidad en nosotros y en nuestro entorno, seremos más o menos felices. Hay que entender que ser libre no es una fiesta. Tener que decidir es duro porque supone frenar ciertos impulsos, acostumbrarse a no satisfacer todos los deseos sin distinción e inmediatamente. Ser libre acarrea cargar con las consecuencias de las decisiones que uno toma. Aceptar la libertad y sus consecuencias es aceptar la condición humana con todas sus indeterminaciones, inseguridades y adversidades. Por el contrario, idear un mundo del que se hayan eliminado todas las posibles desavenencias y adversidades es lo que incentivó las narraciones utópicas cuyo nombre desvela su propio engaño: una «utopía» es un no lugar", porque no hay lugar posible como escenario de una felicidad sin trabas".

Y como despedida, una cita que me ha gustado: "La búsqueda de la felicidad no le está vetada a media que tenga condiciones materiales suficientes para decidir cómo vivir".

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