20 ene. 2013

¿Cuántos creen haber encontrado el anillo de Giges?

Corren malos tiempos para la ética y la honradez. Puede ser un buen momento para recordar un pasaje muy conocido de uno de los diálogos de Platón, República, en el que reflexiona sobre si ser justo es algo deseable por sí mismo o es una acción que se hace porque nos viene impuesta por las leyes.

Al principio del libro II de Republica habla Glaucón y cuenta la historia del anillo de Giges, un pastor que estaba al servicio del rey de Lidia. Cierto día se encontró un cadáver con un anillo de oro del que, de forma casual, descubrió que al girarlo y ponerlo con el engaste de cara a la palma de la mano Giges se volvía invisible para los demás y que volviendo el anillo con el engaste hacia fuera volvía a ser visible.

Con esa posibilidad de pasar desapercibido fue a Palacio, atacó y mató al rey y se apoderó del reino. Opinaba Glaucón que, si hubiera dos anillos como aquél y uno lo llevase una persona justa y otro el injusto "es opinión común que no habría persona de convicciones tan firmes como para perseverar en la justicia y abstenerse en absoluto de tocar lo de los demás, cuando nada le impedía dirigirse al mercado y tomar de allí sin miedo alguno cuanto quisiera, entrar en las casas ajenas y fornicar con quien se le antojara, matar o libertar personas a su arbitrio, obrar, en fin, como un dios rodeado de mortales. En nada diferirían, pues, los comportamientos del uno y del otro, que seguirían exactamente el mismo camino".

Y continúa Glaucón asegurando que era "una buena demostración de que nadie es justo de grado, sino por fuerza y hallándose persuadido de que la justicia no es buena para él personalmente; puesto que, en cuanto uno cree que va a poder cometer una injusticia, la comete. Y esto porque todo hombre cree que resulta mucho más ventajosa personalmente la injusticia que la justicia".

Para finalizar "si hubiese quien, estando dotado de semejante talismán, se negara a cometer jamás injusticia y a poner mano en los bienes ajenos, le tendrían, observando su conducta, por el ser más miserable y estúpido del mundo; aunque no por ello dejarían de ensalzarle en sus conversaciones, ocultándose así mutuamente sus sentimientos por temor de ser cada cual objeto de alguna injusticia".

Menos mal que después de Glaucón, y de su hermano Adimanto, aparece Sócrates para reivindicar la importancia de la educación en valores. Propone como primera medida procurar que las historias perversas no lleguen a oídos de los jóvenes y evitar así que "todo hombre se perdonará a sí mismo tras obrar mal, si está convencido de que cosas semejantes hacen y han hecho también los parientes de los dioses".

En fin, poco se puede añadir a estas palabras. En este momento y en este país, en otros también pero hablamos de lo que nos es más cercano, parece que hay más de dos anillos de Giges circulando y muchos pretendientes que se los quieren apropiar.

Pues bien, la impunidad y la basura moral que nos está invadiendo, en medio de ajustes y sacrificios de los de siempre, no conseguirán vencernos. Una vez más desde aquí animo a poner en práctica la visión optimista y pensar que no sólo los mecanismos de control democrático están funcionando y gran parte de los poseedores del anillo de Giges son descubiertos, sino también que nosotros mismos tenemos en nuestras manos el poder de exigir, denunciar y practicar conductas moralmente irreprochables.

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