16 mar. 2013

A vueltas con las prisas

Cuantos de nosotros no nos hemos agobiado porque el tiempo no da para todo lo que queremos hacer, ya sea en la vida personal o en el trabajo. Siempre hemos experimentado esa sensación y ese malestar porque querríamos hacer algo más de lo que podemos. Hacemos planes para realizar un montón de cosas, sobre todo de cara a las vacaciones, pero nunca llegamos.

Siempre nos han dicho que es un tema fundamental pero nunca lo asimilamos del todo hasta que no lo experimentamos en primera persona. Y aun así, al cabo del tiempo, tendemos a olvidarlo. El otro día estuve en una situación de esas y afortunadamente tuve la intuición de parar el reloj y pensar, darme cuenta de lo mal que había planificado el tiempo y tratar de corregir los errores para veces sucesivas.

Seguro que lo que estoy diciendo a algunos les parecerá una obviedad, o que es un tema que ya se sabe, pero muchas veces nos olvidamos de ello y siempre nos vuelve a "pillar el toro". También me he dado cuenta de que en este blog no hemos hablado todavía de ello y quizás sea el momento para hacer una sentada, reflexionar y tratar de dejarlo por escrito para que no se olvide más. Esto es lo que se me ha ocurrido.

Lo primero que hay que aclarar es que, casi siempre, no se trata de falta de tiempo sino de aprender a organizarse y gestionar bien ese tiempo. No vale decir ¡no tengo tiempo! sino contrarrestar esa sensación con organización. Aquí me permito recomendar seis pasos que he elaborado basándome en varias fuentes de las muchas que se pueden ver por Internet.

1.- Establecer límites y prioridades de acuerdo con el tiempo del que se dispone. Tratar de abarcar más de los que realmente es necesario o enredarnos en tareas superfluas no lleva nada más que a la frustración.

2.- Decir no a tiempo, tanto a actividades que desvían la atención como a propuestas sin atractivo pero que muchas veces nos desvían del camino, únicamente por un mal entendido compromiso o por "no quedar mal". Además, desvalorizan nuestro desempeño.

3.- Planificar y a ser posible por escrito. Parece una tontería pero una lista ordenada evita la improvisación y aumenta el compromiso y la motivación. Yo confieso que, a medida que he ido cumpliendo años, apuntar las cosas me ha sacado de más de un apuro. Antes parecía que me acordaba de todo pero siempre hay una primera vez en la que no es así, y luego vienen muchas más. Además, motiva mucho ir tachando las cosas ya hechas.

4.- Buscar complicidad en aquellas tareas que no es necesario hacerlas en solitario. Un objetivo a alcanzar debe ser seleccionar aquellas actividades que nos proporcionen estados de flujo y delegar en otros aquello que se puede hacer en grupo y, de paso, implicar y motivar a los otros (hijos amigos, subordinados, etc.).

5.- Reconocer que no existe la perfección. Basta con conseguir mejorar y superarse. El perfeccionismo termina por minar nuestra autoestima, porque casi nunca daremos por acabada una tarea, abrumará a los que intenten seguir ese perfeccionismo y, lo que es peor, será difícil que los demás se den cuenta de la "imperfección" que nos obsesiona.

6.- Aprender de los errores para la próxima empresa. El objetivo debe ser no solo escapar de situaciones susceptibles de provocar estrés sino también procurar mejorar nuestra resilencia.

Para finalizar tres reflexiones que pueden completar estos seis pasos.

Cada segundo que pasa ya no vuelve. ¿Qué tontería verdad? Pues no lo es tanto, pensad en ello. Disfrutad cada segundo porque no se puede recuperar. Aquellos proscrastinadores que dejan todo para el último día les puede pasar que tal día no llegue, no hay una segunda oportunidad y lo que no hagamos por hacer otra cosa, volará.

Está demostrado que las personas más activas parece que hacen más cosas, pero no es que tengan más tiempo, al contrario, probablemente lo tengan más ocupado, solo es que se organizan mejor.

Por último, merece la pena pensar al final del día si lo que hemos hecho ha merecido la pena o hemos perdido el tiempo. Esta reflexión puede ser dura porque podemos llegar a la conclusión de que hemos estado perdiendo el tiempo. Suele ocurrir después de haber experimentado hechos traumáticos que nos llevan a pensar en las tonterías en las que hemos malgastado el tiempo en vez de haberlo aprovechado en otras cosas...¡Ay si pudiéramos comprar el tiempo!

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