18 oct. 2014

Los marshmallow siguen endulzando la vida de los psicólogos

Cuando en los años 60 del siglo pasado Walter Mischel realizó el experimento conocido como The Marshmallow Test (las conocidas golosinas masmelos o nubes en español), que trataba de investigar la respuesta de unos niños de aproximadamente cinco años a lo que se llama la gratificación aplazada, no podía pensar la repercusión que posteriormente tuvo y menos todavía que a sus 84 años escribiría un libro con nuevos datos y enseñanzas de aquel experimento.

El libro en cuestión es The Marshmallow Test: Mastering Self-Control (Little, Brown & Company) y da cuenta de ello esta semana la revista The Economist (Ver reseña). Por si alguno quiere sonreír un poco, esta puede ser una muestra de lo que se hizo en aquel experimento, está en YouTube: http://www.youtube.com/watch?v=wTIqlZe-ets).

Es conocido que fue en la Bing Nursery School, de la Universidad de Stanford, donde a unos niños se les dejó solos con una golosina, los marshmallow, con la promesa de que si esperaban unos 20 minutos para comerlo se les daría otra de regalo. Años después, Mischel, gracias a las amistades de sus hijas, que asistieron también a la Bing Nursery School, se planteó investigar sobre cómo los niños habían evolucionado al cabo de los años.

Cuando Mischel observó que los que lo hicieron bien, es decir esperaron más tiempo en la prueba, eran los que social y académicamente tenían mejores resultados, se propuso estudiar más a fondo a algunos de los 550 niños que fueron evaluados entre los años 1968 y 1974. Comprobó que los que más habían esperado habían obtenido los mejores resultados en las pruebas para la admisión en la universidad. Los chicos más pacientes, cuando crecieron, tenían un índice de masa corporal inferior, disfrutaban de un mayor bienestar psicológico y eran menos propensos a las drogas que los que se habían comido la golosina rápidamente.

Para explicar la prueba, Mischel habla de dos sistemas en el cerebro: un sistema hot, "caliente", que es sencillo, automático y emocional y un sistema cool, que es racional, reflexivo y estratégico. Esto tiene muchas similitudes con lo que Daniel Kahneman llama Thinking Fast & Slow. La diferencia es que utilizando el sistema frío los niños esperan más porque este sistema se activa cuando pensamos en el futuro lejano. Pasar de pensar en el ahora para reflexionar sobre el después mejora el autocontrol.

Mischel va más allá en su libro y habla de terminar con la idea de que la fuerza de voluntad es un rasgo innato ya que el genoma puede ser tan maleable como el entorno. Se basa en el hecho de que las puntuaciones en las mediciones del Coeficiente Intelectual (CI) en los países desarrollados están aumentando más rápidamente de lo que explicaría una progresión causada por la evolución. Es decir, para él, la naturaleza establece sólo la dirección, no el destino.

Mischel sugiere también que la preferencia por retrasar las recompensas también puede ser una cuestión de confianza, porque los niños con padres ausentes eran más propensos a optar por las recompensas inmediatas. Estas características, a su vez, ayudan a explicar por qué esperar al premio a la edad de cinco años tiene una relación tan fuerte con los resultados en la vida adulta.

El libro tiene muy buena pinta.

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