28 mar. 2018

De la naturaleza de las cosas, Epicuro como soporte dialéctico

Explicada la primera impresión sobre la lectura de De la naturaleza de las cosas en un post anterior, me gustaría hacer algún comentario sobre los contenidos que podrían tener cierto interés para lo que suele aparecer en este blog.

Como dice García Calvo en su estudio introductorio, el libro tiene como principal objetivo liberar a su amigo Memmio, y a todos los lectores, del miedo religioso. Para ello utiliza a Epicuro y las leyes científicas que en ese momento se conocían, quería demostrar lo que puede y lo que no puede ser. Un asunto que en principio resulta complicado explicar utilizando la poesía.

En su cometido utiliza Lucrecio las idas de Epicuro sobre la naturaleza, que proceden de la física de Demócrito, su atomismo, en aquellos tiempos un importante adelanto teórico. Se convierte así en uno de los primeros romanos que especuló con la ciencia, siempre con su maestro de guía. Eso le permite asegurar que la materia es eterna pero no así los cuerpos y las almas que, aunque están formados por átomos imperecederos, si tienen final.

Estos átomos son indestructibles, sólidos e indivisibles y todo depende de las atracciones o repulsiones entre ellos porque son los que forman el universo. Entre ellos define la existencia de vacíos que sirven para explicar el movimiento. Según esto, todos provenimos de semillas del cielo y de la tierra y en ellas nos deshacemos porque la muerte no es más que una transformación de la materia.

Asoma aquí la negatividad de Lucrecio cuando cree que está próximo el fin del mundo y sin esperanza alguna en una mejor vida futura. Anuncia que este mundo se derrumbará un día y es necio pensar que los dioses han creado este mundo, que es lo que él pretende con el libro: "...enseñándote las leyes que hacen que todo ser tenga su límite según su formación, y que no pueda pasar jamás los limites prescritos a su duración propia".

Según la estructura definida mediante los átomos, no es necesaria la intervención divina y se pone en evidencia la composición del alma y su mortalidad. Como dice en algún momento "nada nace de nada". Así enlaza con los dos orígenes que considera son los causantes de la existencia de las religiones: el miedo a la muerte y el miedo del hombre a los fenómenos naturales. Contra los dos lucha dialécticamente en el libro. Todo ello queda explícitamente expuesto en, entre otros momentos, en varios de los apartados del libro V, con títulos tan explícitos como "Los dioses son ajenos a nuestro mundo y a su creación" y "La creencia en los dioses; sus consecuencias".

La muerte se presenta como el origen de los errores y las creencias que alimentan los mitos irracionales, es el que ensombrece la vida humana al no permitir ningún placer sereno. Un gran error, dice, porque la muerte no es más que una transición y después no hay nada, solo materia. Respecto a los fenómenos naturales, mantiene que los hombres al no saber explicarlos se los atribuían a los poderes sobrenaturales, algo que Lucrecio intenta evitar explicando todo ello en este tratado de la naturaleza en el que, cómo no, están incluidas explicaciones sobre estos fenómenos.

Por un lado, Epicuro tiene como referencia los dioses griegos, a los que se ofrecía un culto admirativo, festivo y narrativo, pero sin pedirles nada, mientras que Lucrecio se fija en los dioses de Roma, más intervencionistas y castigadores a la vez que llenos de supersticiones. Esa puede ser una de las claves por las que Lucrecio va más allá en sus críticas a los dioses que Epicuro.

Pero quizás lo que más nos interesa es su explicito elogio de Atenas y de Epicuro. Aquí es donde reside la admiración de Lucrecio a las ideas de Epicuro y su ideal de vida feliz y relajada. En este sentido, el objetivo principal de sus contundentes ataques son, aparte de la religión, la ambición y los placeres mundanos, tan contrarios a las ideas de los epicureos por lo que tenían de perjudiciales para la salud y para la tranquilidad y felicidad de espíritu.

Durante todo el libro condena Lucrecio el deseo de riquezas, la ambición de poder, la fama...todo lo que perturba la paz de los hombres y de los pueblos, y contrario a lo que debe aspirar cualquier sabio. Con razón vivió́ Lucrecio en uno de los períodos más turbulentos de la república romana.

En definitiva, una lectura complicada, no hay que ocultarlo, pero que ofrece una visión muy original. Está claro que en esos momentos eran teorías que no estaban basadas en un método científico sino que se trataba de especulaciones e hipótesis sobre causas imaginadas por los filósofos. Pero eso no quita valor a sus especulaciones. No me arrepiento de haberlo leído.

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