7 abr. 2019

Atrévete a no gustar

Hace tiempo que escribí sobre Alfred Adler (Ver post El instinto de superioridad) y tenía ganas de volver a hablar de él pero es de esas cosas que vas dejando y pasan los días. Precisamente hoy ha salido un artículo muy interesante de Francesc Miralles, publicado en EL PAIS Semanal (Ver artículo), que habla indirectamente de él y me he animado a escribir sobre ello.

Como ya comenté, Adler, conocido entre otras cosas por sus estudios de la personalidad, fundó la “psicología individual”. Se centró en investigar lo que denominó como "estilo de vida" de los individuos, formado por el tipo de respuesta a sentimientos de inferioridad y al anhelo de hacerse valer, o sea el sentimiento de superioridad. A través del estilo de vida este médico y psicólogo vienés creía que se podía estudiar el desarrollo de un individuo y por tanto aplicar la mejor terapia a sus posibles trastornos psíquicos, como alternativa al psicoanálisis de Sigmund Freud sobre el que colaboraron estos dos psicólogos austriacos.

En el mencionado artículo se habla del libro de Ichiro Kishimi, traductor de Alfred Adler al japonés, Atrévete a no gustar (Publicado en España por Planeta). El libro es una conversación entre un joven y un filósofo donde este le enseña el arte de no agradar a los demás. En el fondo del planteamiento está el pensamiento de Adler, su idea de que todos los problemas tienen que ver con las relaciones interpersonales y su frase: “si uno quiere liberarse de sus problemas, lo único que puede hacer es vivir solo en el universo”.

Como vivir aislados es imposible se experimentan tres tipos de complejos viviendo en sociedad. Primero, el complejo de inferioridad respecto a los que consiguen más que nosotros. Segundo, pensamos que no somos correspondidos por personas a las que amamos o ayudamos y, tercero, nos esforzamos demasiado en complacer y buscar la aprobación de los demás.

No he leído el libro pero seguramente lo haré, de momento recomiendo leer el artículo del que me permito trascribir su parte final en la que se condensa el principal planteamiento:

“Cuando deseamos tan intensamente que nos reconozcan, vivimos para satisfacer las expectativas de otros”, explica Ichiro Kishimi, con lo cual ya no somos libres. Dejar de exigir contrapartidas y permitirnos vivir a nuestra manera, otorgándonos incluso el derecho de caer mal, nos procurará libertad, paz mental y, al final, mejores relaciones con los demás.



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