28 nov. 2015

Qué hacemos con el perfeccionismo

Casi todo el mundo ha tenido algún episodio en el que ha sentido la necesidad de buscar la perfección. La buscamos de forma puntual en algo que estamos haciendo o que alguien cercano, ya sea por motivos personales o laborales, está haciéndolo con nosotros. Hasta aquí no hay ningún problema pero ¿qué pasa cuando esta búsqueda se convierte en un rasgo de nuestra personalidad, cuando puede llegar a ser una obsesión?

El ser perfeccionista para algunas cosas o en algunos momentos precisos no supone ningún problema. Al contrario, querer hacer las cosas bien es sin duda una intención muy loable. Es bueno porque nos ayuda a superarnos, a tener un objetivo concreto que es la fuente de cualquier progreso. Supone, además, un síntoma de tener virtudes como pueden ser una gran voluntad para mantener el ansia de superación y la constancia. Pero cuando se empieza a convertir en un comportamiento duradero es el momento de darse cuenta y echar el freno.

Es ese momento en el que el perfeccionismo nos invade y a menudo se convierte en una obsesión, aparecen ansiedades e incluso miedo o incluso la fobia social para evitar los errores. Supone una gran necesidad de recursos emocionales que terminan por agotar porque el esfuerzo en evitar los errores es casi inabordable. Hay además una trampa en ese comportamiento, un círculo vicioso, el perfeccionista una vez que ha logrado un objetivo está pensando ya en lo siguiente y por tanto nunca está contento, su alegría por lo conseguido les dura poco y no disfrutan, se mantienen en un constante desasosiego.

En muchos casos el éxito social está relacionado con lo que se espera de nosotros y eso lleva a tener que forzar las cosas para representar el papel que se supone que tenemos que cumplir. Estamos obligándonos, casi sin darnos cuenta, a ser perfeccionistas. Mantener el reconocimiento o "prestigio social" nos mantiene en constante tensión, se convierte en una autoexigencia muy tóxica.

El perfeccionista detecta, o mejor dicho cree que conoce lo que se espera él, y ajusta su comportamiento para evitar los errores por el qué dirán. Además, en muchos casos frente a esos errores los demás estarán atentos para señalar, con justicia y a veces con saña, los errores, lo que empeora el problema porque se llega a convertir en una sumisión activa que condiciona el comportamiento. El perfeccionista necesita controlar todo y eso agota, quema y a la larga supone perder efectividad y puede ocasionar el bloqueo. Problemas añadidos a este afán de la perfección serán el estrés, los complejos y el miedo al error.

Cuántas veces hemos visto a algún estudiante que a pesar de ser buen alumno e ir bien preparado no se presenta por miedo a no saber todo o que en el momento del examen se bloquea más por los nervios que por lo que teme no saber.

Hay teorías que afirman que la búsqueda de la perfección no es más que un reflejo en respuesta compensatoria de alguna carencia. Se piensa que esta sensación de miedo al vacío por algo de lo que se carece se tiende a llenarlo adictivamente con algún estimulo externo.

Sin embargo, existe también un vacío positivo, un vacío que es fuente de creatividad. El vacío se convierte en una ocasión que hay que aprovechar porque de ahí es donde pueden nacer las oportunidades. De hecho, las situaciones complicadas y su desenlace se pueden ver bien como una oportunidad o como una amenaza y eso depende de nosotros. Es fundamental porque la disyuntiva es o sumirse en el fracaso o salir fortalecido de la situación. En definitiva, una crisis es un momento de cambio y hay que aprender de lo sucedido.

El caso contrario es la gente que es incapaz de tener opinión, de definirse o tomar decisiones. Es una postura muy fácil porque siempre estarán a salvo de las críticas. Es un papel más sencillo pero muy pobre.

Lo mejor como siempre es el término medio. Asimilar los defectos y las virtudes en su justa medida tratando de superar los primeros y potenciando las segundas pero sin obsesionarse porque, como se suele decir, equivocarnos nos hace humanos. Pero, sin duda, el progreso estará siempre del lado de los que buscan la perfección, de la autosuperación, la genialidad, de todo ello vamos avanzando.

Así que, como dijo nuestro amigo Epicteto, "el mal no se encuentra en las circunstancias, sino en la opinión que nos hacemos de ellas". Por ello, hay que analizar con cuidado lo sucedido, tanto si se trata de un éxito como de un fracaso. Hay que ser tolerante con el error y aprender que de los errores es de donde más se aprende.

Sobre este tema, y pensando en lo que representa la búsqueda de lo perfecto, me parece interesante complementar este post hablando de dos visiones relacionadas, según mi criterio claro. Se tratará de hablar de Alfred Adler y de su instinto de superioridad en el ser humano (Ver post) y de los pensamientos de superación de los escépticos Pirrón y Sexto Empírico (Ver post próximamente). Asimismo, como he comentado más arriba, es importante tener en cuenta la forma en cómo asimilamos los errores, las crisis, etc. por lo que me parece interesante acercarnos a la teoría relacional-emotivo-conductual de Albert Ellis (Ver post próximamente).

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